Si aparece el miedo... // María
María es una médico española , de Barcelona, que se incorporó al Taller de Escritura "Voces de la bahía cuando ya el taller tenía varios meses andando. Le ha aportado al grupo estupendas historias, ocurridas en diversas partes del planeta. Ella ha trabajado como voluntaria en diversos lugares y culturas. Y además es una persona a la que le gusta viajar y hablar claramente de sus puntos de vista. Esto la hace una escritora estupenda. Me ha pedido no colocar su nombre completo y yo respeto su petición de anonimato. Les comparto una de sus crónicas en las que nos presentó una de sus experiencias como médico en África. Noten esa manera de contar in crescendo, en la que el suspenso y la ironía se dan la mano, para dejar en evidencia ciertos comportamientos humanos de personajes que ejercen el poder, con autoritarismo o la representación del funcionario público burócrata.
SI APARECE EL MIEDO...
Imagen tomada del blog www.casaafrica.es
(Salto del toro, tribu de los hamer en Berconech, sur de Etiopía)
Salvo por los controles policiales en la carretera, y la velocidad del conductor, el viaje no había sido demasiado accidentado. Estábamos llegando a la población a la que me habían destinado. En ese momento, no podía asegurar si era un lugar de trabajo con premio o más bien se trataba de un castigo. Lo averigüé bastante más tarde.
Seis horas antes había salido del despacho del burócrata que debía informarme sobre el nuevo hospital donde tenía que prestar mis servicios. Era un funcionario español del Ministerio, posiblemente nivel C. Cuando entré, estaba sentado mirando mis documentos con evidente desgana. No se levantó, no saludó, ni me extendió la mano.
-Vaya – había dicho, con tono displicente - ¡Qué currículum tan impresionante!
A pesar del propósito formal que había hecho en Año Nuevo para intentar ser más amable, con la gente en general, y con algunos en particular, me resultaba difícil mostrarle cordialidad al hombre que tenía delante: alto, arrugado, sudoroso, disfrazado de colono blanco, con la típica indumentaria de capitán Tapioca, seguramente recomendada en el libro de “Consejos para vestir en África”: camisa caqui cienbolsillos, pantalón milcremalleras, bandana verde militar, que ahora usaba para intentar enjugar su grasiento rostro y a la vez ahuyentar a invisibles mosquitos... Solo le faltaba el sombrero de ala ancha. Con esa vestimenta, parecía listo para salir de safari de un momento a otro, pensé.
- ¿Sabe doctora? - ¿ Te puedo tutear? – y continuó, como si la simple pregunta nos hubiese convertido en amigos de toda la vida.
- Creo que te envían al destino más complicado de todos. Te lo digo en confianza. No para asustarte, eh!
-¿Por qué? Contesté... con prevención.
- ¡Te han asignado al pueblo del Presidente del país! - exclamó, con voz de alarma.
- Ahí vive gran parte de su familia, tíos, primos, amantes, incluso alguna de sus esposas e hijos...Casi todos los habitantes pertenecen a su clan y, por supuesto, a su tribu. Nunca sabrás si estás tratando a un familiar o atendiendo a algún político importante. Así que, ¡ándate con cuidado!
Había un atisbo de malicia en su rostro.
- Bueno, no hay problema - le contesté, intentando mostrar asertividad y algo de arrogancia.
- Basta con que los trate igual que al resto de mis pacientes.
Se encogió de hombros, y con lo que me pareció cierto desencanto por no haber conseguido atemorizarme, me entregó las credenciales y dijo con sorna:
- Pues nada, doctora… adelante...¡suerte y al toro! - expresión castiza muy usada en ciertas regiones de España-.
- Pero recuerda, me advirtió, no eres solo una médico cooperante, sino una representante oficial de nuestro país.
Nunca supe si esperaba que me despidiera con saludo militar y chasqueo de tacones. Pero estaba convencida de que él abandonaba poco el pestilente despacho, que, en realidad, jamás había estado en la selva, aunque vivía a 100 metros de ella; y, que si pidió ese ¨peligroso¨ destino, una conocida y sanguinaria dictadura, fue porque hacerlo, le permitiría acumular puntos de ascenso en su carrera de administrativo.
Con esas elucubraciones al respecto del medroso burócrata, también era consciente de que me iba a alejar bastante, no solo de la bella y tranquila ciudad costera, a la que había llegado días antes, sino también, de mis bienintencionados propósitos de fin de año.
La carretera que llevaba a la población del Presidente, estaba asfaltada. En consonancia con alguno de los gobernantes que ya había conocido en otros países, me resultaba evidente que este tirano desviaba muchos de los recursos del país a su propia familia, a su tribu especialmente, y la mayor parte de la inversión pública, a las obras de su ciudad natal y alrededores.
Divisaba ya el gran edificio del hospital, que sobresalía rodeado de casas bajas de cemento y de algunas cabañas tradicionales, bien conservadas.
Había permanecido callada durante el viaje. Recordaba claramente el consejo que hacía muy poco, yo misma le había dado a una compañera recién llegada al continente:
-”Sí en algún momento aparece el miedo, no intentes luchar contra él. Enfréntalo... o lárgate cuanto antes”.
El chófer, que también pertenecía a la etnia del Presidente, se esforzaba por explicarme, o convencerme, de lo bien que iba a vivir en la ciudad: “la más moderna de todo el país”, con el mayor Hospital, la Iglesia más alta. El orden y la seguridad ciudadanas estaban garantizadas tanto por el ejército como por la policía”...cuyos cuarteles estaban precisamente ahí, dijo, señalando dos sombríos edificios de cemento, a ambos lados de la carretera.
Paró el coche a la entrada del pueblo, para que descendiera. Bajé del Land Rover dispuesta a creerme todo lo que el hospitalario conductor, me había ido contado por el camino.
Entonces, de improviso, simultáneamente, sucedieron dos acontecimientos inesperados: en el umbral de la puerta del cuartel de policía, apareció la figura del comisario, el hombre más corpulento y más negro que había visto en mi vida, armado hasta los dientes. Dientes tan blancos y brillantes que resplandecían en medio de la oscuridad. Y, al otro lado de la carretera, como un espectro salido de la densa maleza, emergió un enorme toro bravo, el más grande, más negro y con la cornamenta más blanca y brillante que hubiera visto jamás.
La suerte estaba echada. Al lado izquierdo de la carretera, una alta y ancha escalera de cemento, de no menos de treinta peldaños, conducía a la puerta de acceso de la comisaría de policía. Vislumbré la enorme cabeza inclinada del comisario que atravesaba el dintel, seguida de su corpulento cuerpo. Llevaba un uniforme en tono oscuro con incontables y brillantes galones y medallas. Iba armado, con pistola al cinto. No obstante, lo que más me impresionó, fue el reluciente machete que portaba, brazo en alto, en su mano derecha. Parecía dispuesto a acuchillar de inmediato, a un enemigo invisible. Al vernos, vaciló un momento, bajó el brazo y se quedó parado en el umbral. La amarillenta luz del interior del recinto, proyectaba su silueta de gigante como una amenazadora sombra sobre la larga escalera.
Mi mente racional también se paralizó. Dirigí la mirada indistintamente a las dos figuras, la del animal y a la humana. No podía discernir cuál de ellas me provocaba más temor. Sentí el deseo de huir... de esconderme en cualquier parte, de subir rápidamente al coche y largarme por donde había venido...¿Qué se me había perdido a mí en ese país?- pensé.
El chófer se aproximó y me dijo, en voz baja:
-No se mueva, doctora. El toro no la atacará si no lo provoca. Él vive aquí. Ya está acostumbrado a ver mujeres blancas-, dijo, sonriendo.
Extrañamente, sus palabras y su sonrisa, me tranquilizaron. Desafiar al toro en su propio terreno, no se me había pasado por la cabeza. Tal vez creía que todos los españoles queremos lidiar toros bravos, allí donde nos los encontremos,-pensé, algo enojada.
-A quien tiene que entregar las credenciales es al señor Comisario o no la dejará pasar-, me dijo, casi al oído, consiguiendo inteligentemente desviar mi atención al asunto de mayor importancia.
Pero entonces, de la espesa maleza que rodeaba el edificio, aparecieron dos policías. Asido de los hombros, arrastraban a un pequeño hombre, delgado, vestido con harapos y pies descalzos. Llevaba las manos atadas a la espalda, con una burda soga.
-¡Ven aquí!- gritó el Comisario desde la puerta, con una voz tan atronadora que sonó como un rugido.
El astado había dejado de preocuparme; merodeaba tranquilo, comiendo hierba, indiferente a lo que sucedía a su alrededor; así que toda mi atención, se concentró en el ciclópeo comisario que parecía salido de un cuento fantástico de H.P.Lovegraft.
Los policías soltaron al reo, pero le dejaron las manos amarradas a la espalda. El hombre no se movió. Todo su cuerpo temblaba, mantenía la cabeza gacha, sin atreverse a levantarla, tampoco dio ni un solo paso.
-¡Sube he dicho! - ordenó de nuevo el Comisario, con tono de no aceptar más dilaciones.
Temblando, el hombre comenzó a subir los escalones, lentamente, como un reo hacia el patíbulo... muy despacio, como si estuviera arrastrando un pesado fardo en cada una de sus piernas.
Estaba llegando al último peldaño, cuando el Comisario, acercándose rápidamente a él, le propinó un sonoro golpe con el puño izquierdo, con tal fuerza, que el preso se derrumbó al instante y fue cayendo desmadejadamente hacia atrás, por la escalera, hasta llegar al suelo. Y allí, ya no se movió.
Instintivamente, corrí hacia él. Sangraba, aunque no demasiado. Tenía un golpe y una brecha en la sien, pero mantenía los ojos abiertos. Estaba consciente. Me miró. No he podido olvidar su mirada de dolor y de pánico extremo a la vez, implorando ayuda, sin palabras.
No sabía si se tenía lesionada la espalda, o el cuello, así que no quería moverlo. Le pregunté cómo se llamaba, -Teodoro-, dijo. Parecía respirar sin dificultad, sus pulsaciones eran rápidas y fuertes. Intentaba averiguar si tenía alguna fractura o daño cervical, pero entonces, de nuevo, con una rapidez inesperada en un ser tan corpulento, el Comisario bajó la escalera, me apartó bruscamente, agarró al hombre de los brazos, todavía atados, y, como si fuera de trapo, lo levantó del suelo, de un solo impulso. Teodoro se balanceó un momento, pero se mantuvo en pie, temblando de nuevo, con la cabeza inclinada. Era la viva imagen del miedo y de la más profunda indefensión. “Al menos parece que la columna no está dañada”, pensé, para tranquilizarme.
Sin embargo, en ese instante, sentía claramente que era a mí a quién el comisario había levantado brutal y violentamente del suelo.
- ¡Comisario!, le grité...¡tengo que llevar a este hombre al hospital!
- ¡Ah!...¡vaya!..contestó, sin alterarse - Usted debe ser la doctora que esperábamos-
-Sí, respondió el chófer, con rapidez. Ella quiere enseñarle las credenciales, dijo servilmente.
Y mostró al comisario los arrugados papeles que él ni siquiera miró.
- Este hombre es un bandido, doctora, intentó explicarme.
- ¡En este pueblo no se roban gallinas! ¡No irá al Hospital hasta que yo, Jefe de Policía de este Distrito, acabe de interrogarle!-, aseveró arrogante.
- Pero señor Comisario, ¡puede tener una lesión interna!, se ha dado un golpe muy fuerte-, le dije, intentando cambiar mi actitud para convencerle. Sabía que lo más probable, es que siguiera torturando al pequeño ladrón, en cuanto me fuera. Me miró, luego miró a Teodoro y emitió una enorme carcajada, como si la situación le divirtiera.
-Doctora, usted ya me ha enseñado sus credenciales. Váyase a casa y descanse.
-Comisario, insistí. Debo explorarlo en el hospital.
-No voy a repetírselo, señora, -¡váyase a casa!, ordenó.
-Bien Comisario, le dije, intentando que mi voz sonara segura, fuerte y en tono de ultimátum:
-Yo ya le he enseñado mis credenciales. Y usted a mí las suyas.
- A este hombre tengo que examinarlo mañana en el Hospital. Es mi obligación. ¡Y espero que aún siga vivo!-, le dije, con la atrevida esperanza de trasladarle algo de temor, alguna compasión por el hombre y señalarle mi responsabilidad... y la suya... con el malherido ladrón de gallinas.
El Comisario, por primera vez, me miró detenidamente, calibrando el alcance de mi actitud, de mis palabras, y de cómo debía reaccionar ante ellas. No parecía estar acostumbrado a que una mujer, o acaso pocos hombres, se opusieran a su poder o a sus mandatos. Finalmente, tomó la decisión de sonreír con cierta malevolencia y sorna:
¡Váyase a casa!, doctora- repitió.
Levanté patéticamente el dedo índice, y lo moví, señalándolo, como si fuera una advertencia. El chófer, en un nuevo intento de salvarme de mí misma, me tomó del brazo y me condujo hacia el todoterreno.
Mi cerebro racional seguía sin funcionar, pero el miedo se había transformado en ira. Sentía una profunda rabia. La congoja, la preocupación y la impotencia, mezcladas, me provocaban considerable deseo de llorar. Pero no lo hice. Miré a Teodoro, intentando adivinar cuál era su estado. Seguía de pie, con la cabeza gacha. Sentí que yo misma también la agachaba.
Me había enfrentado a un adversario, sin ni siquiera haber entrado aún a la ciudad presidencial... Intuí, además, que había topado con mi primer enemigo...Acontecimientos posteriores lo confirmaron.
El toro negro azabache, nos vio partir mientras rumiaba con calma.
Aunque totalmente inocente, él era el heredero, material y simbólico, de los casi doscientos años de la cruel e inhumana colonización española de ese país.

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