El Chambao // Ángeles Garciolo

 



                                                        La Herradura desde Las Maravillas




            Hay tiempos que no regresan y duelen, pero dejaron una huella tan bonita, que intentas equilibrar tu corazón entre nostalgia y gratitud. Así recuerdo esa etapa en la que vivía vacía de preocupaciones y llena de momentos inolvidables, rodeada de toda mi familia, hermanas, primos, tías y la abuela ¡Ay la abuela! Mi tito Paco tenía una minusvalía desde muy joven por lo que mi abuela decidió ayudarlo poniendo un chambao en la playa para dar comidas, así podría sentirse útil y tener ingresos. Sus hermanas dispuestas a ayudarlo altruistamente y ahí nos metieron a todos en el saco. Y qué gran decisión que tomaron porque fueron años que jamás ninguno de la familia podrá olvidar.

                 Llegando mediados del mes de Junio, empezábamos a preparar la ropa, enseres, para irnos a vivir al chiringuito, que contaba de habitaciones con paredes de cañavera, para todos. La primera noche era la mejor (aunque es muy difícil quedarse con algún día o alguna noche, ya que todas estaban llenas de minutos y horas inolvidables), pero esa primera caída del sol tenía la magia del reencuentro, del principio de una aventura que se repetía cada año. Antes de dormir, ya cada uno en sus respectivas habitaciones, dábamos comienzo al ritual de darnos las buenas noches. Aquello era un desbarajuste entre los primos: Rafa buenas noches, Tere buenas noches, Macu buenas noches,  Jose buenas noches, tata buenas noches...así comenzaba uno de nosotros y después le iban sucediendo el resto, por lo que la palabra “buenas noches” se escuchaba 81 veces en 9 bocas distintas. Qué bonito y cuánto amor nos teníamos. Tres meses de pura magia, rodeados de chinas, sol y el sonido del mar. Era como un pequeño pueblo de verano, concentrado en cientos de cañaveras, mesas, sillas y algo de cemento, pero sobre todo “familia”.

Por la mañana los más pequeños, entre los que me incluyo, comenzábamos el día envasando las botellas de las bebidas que se habían vendido el día anterior (en aquel tiempo no había barriles o grifos de cerveza). Los lunes, después de un domingo con el cartel de “lleno” montañas de cristales que ponían: mahou, pepsicola, mirinda...se desparramaban por la habitación, pero disfrutábamos mi Rafa, mi Emilio y yo, colocando cada botella en sus cajas correspondientes. Cuando terminábamos tan ardua tarea, teníamos carta blanca para jugar en la playa, entre barcas y arreos de pesca, pero no podíamos bañarnos.

Algunas mañanas mi Tere y yo, nos metíamos en el cuarto donde mi abuela limpiaba el pescado y apaleaba los pulpos, para que nos cantase cualquiera de sus canciones. Siempre terminaba llorando y haciéndonos llorar recordando a su marido que tan joven murió. Cómo echo de menos a la abuela Josefa, de la que heredamos su pasión por la música y que tan orgullosa estaba de sus nietas y nietos.

Entre semana comíamos sobre las 3 de la tarde, un puchero de la tita Teresa, o macedonia de pescado frito de la tita Vitoria y un pequeño vaso estrecho de casera blanca; solo los domingos nos dejaban beber pepsicola. Teníamos una mesa de al menos 4 metros de larga, o así la recuerdo yo, que vigilábamos de vez en cuando para que nadie se sentase y nos fastidiara el almuerzo.

Después de comer, como debíamos estar tranquilos para hacer la digestión y porque mi madre y la tita Teresa se echaban una siesta, veíamos Marco o Heidi en la tele, que estaba en una repisa muy alta, y la que se podía divisar desde todos los sitios del chambao. Era como un pequeño cine, colocábamos las sillas una detrás de otra y se iban agregando los típicos amigos del verano. Ya a las cinco de la tarde, nos poníamos el bañador y podíamos bajar a la playa, mientras nuestras madres se sentaban en una silla verde de madera, de esas que se cerraban, afuera del chambao, desde donde nos vigilaban...por eso aprendimos con tres años a nadar, porque no nos quedó otra. Sobre las seis y media subíamos al chambao, chorreando porque nos acabábamos de salir del agua, para que nos dieran la merienda. Cómo disfrutaba yo de esos bocadillos de mantequilla y mortadela que en invierno mi madre no me dejaba comer porque siempre fui una niña gordita. Y de vuelta al mar, a seguir disfrutando del baño con los primos y sin apenas vigilancia. Aquí ya si venían los mayores, que apenas alcanzaban los 15/16 años, pero eran nuestros protectores a los que admirábamos y queríamos parecernos.

Casi que no salíamos del agua hasta las 9 de la noche, o cuando ya teníamos los labios morados de frío. Nos duchábamos de dos en dos o de tres en tres, según el día, en una goma a modo de ducha que teníamos con suelo de cemento y que mojaba todos los accesorios del cuarto de baño. Como éramos tantos, cuando terminábamos todos de lavarnos y vestirnos, prácticamente eran las 10.30 de la noche. Nos daban algo ligero para comer, más bien escaso y esperábamos a que terminasen el servicio de las cenas. A veces se nos hacía interminable y nos dedicábamos a ir por las mesas que quedaban recogiendo platos, a ver si así se daban por aludidos y se marchaban.

Cuando por fin ya solo quedaban los últimos en irse, pero que solo bebían en la barra (rondaban las 11.30 de la noche) mi hermana Macu cogía su bandurria, mi Tere y yo la guitarra y en la parte trasera del chambao nos poníamos a cantar, con la compañía de nuestras madres, la abuela y los amigos del verano, que ya eran como de la familia. Un ritual que hacíamos todas las noches, en las que mi abuela siempre, siempre, siempre acababa llorando de la emoción: primero por ver a sus nietas tocar y cantar y segundo por tener a la familia tan unida. Eso es un orgullo para cualquier abuela.

Y así pasábamos los tres meses de verano, con nuestros más y nuestros menos como en cualquier familia, pero unidos por el gran amor que nos procesábamos y aún sigue vivo. El chambao era lo que se dice un verdadero hogar.

 

Ángeles Garciolo Ruiz.


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