Araceli y su roja capucha Elena Castrillo Ejercicio a partir de un cuento clásico

 



Imagen: Alexey Sobolev en Pixabay  https://pixabay.com/es/illustrations/ai-generado-mujer-modelo-hermosa-8864898/


Araceli nació y se crió en una hacienda de la campiña cordobesa, dentro de una buena familia de grandes propietarios agrícolas, muy buenas personas, generosas, respetuosas con los demás, muy considerados y justos con sus trabajadores. Eran apreciados por todos en la ciudad, un gran pueblo al que pertenecían. De moral y costumbres intachables, gozaban de una consideración especial por parte de las autoridades eclesiásticas, por su religiosidad y porque, además, entregaban cada año generosos donativos a la parroquia y a entidades caritativas, conventos y otras instituciones católicas. Araceli, la hija menor de seis hermanos varones, era la niña adorada y mimada por sus padres, por sus tíos y por su única abuela. 

Componían la hacienda, heredada de sus ancestros, varios cortijos de la gran familia Castro viejo. En el más próximo al de Araceli, vivía el hermano mayor del padre de su padre, con su mujer y sus dos hijos. Su primo Miguel y ella, de la misma edad, se criaron casi como hermanos; juntos, jugaban, comían…  estudiaban en el mismo colegio, al que les tenían que llevar en coche todos los días, porque estaba bastante alejado. Lo que no hacían nunca era pelearse, cosa común entre hermanos o primos. Miguel, desde su más tierna infancia vivió siendo víctima de la fascinación que sentía por su prima. Ante sus ojos, ella era la más bella, la más lista, simpática, la que siempre tenía las mejores iniciativas y conseguía lo que quería. Él, simplemente, la seguía ciegamente y así parecían felices. 

Cuando llegaron a la adolescencia algo empezó a cambiar. Fueron a institutos diferentes y se abrieron para ellos nuevos caminos; empezaron a sentirse parte de un mundo antes desconocido para ambos. Araceli conoció a amigos y profesores que le ayudaron a ver, a verse, de otra manera. Sintió como si un velo que le empañaba los ojos fuera cayendo, al tiempo que se despejaba una nueva visión de la realidad. Comenzó a hacerse preguntas sobre sus verdades, las que habían dado sentido a su existencia: desde el origen del universo hasta sus creencias políticas y religiosas. Fue encontrando algunas respuestas y muchas dudas, que hicieron que se tambaleara el que hasta entonces era su sólido mundo. En su espejo veía otra Araceli, al tiempo que iba expresando esta transformación de diferentes modos. Sus expresiones, su apariencia física: fue retirando sus vestidos caros de marca “buena familia”, todos menos su prenda favorita: un chubasquero rojo con capucha, que utilizó desde muy pequeña y que fue renovando a medida que cambiaba su talla. De ahí, su sobrenombre de “Araceli la Caperucita Roja”.

 En su nueva etapa fue incorporando o renovando  vestuario de distintos tipos, acorde con los distintos momentos del proceso de evolución personal: buscaba ropa adecuada para la autoexpresión y la comodidad, elaborada con materiales sostenibles o  prendas que mezclaran elementos punky de los años 2000 con toques futuristas, o ropa usando el nuevo estilo bohemio…decidida a dejar huella de la nueva Araceli  en su cuerpo, se puso algún piercing y se hizo varios tatuajes; el primero, hacía referencia a los orígenes, a lo que permanecía en ella, representado por una caperucita roja. Seguidamente, grabados que expresaban momentos o decisiones importantes para ella en su camino de búsqueda. 

Cambió, pero seguía siendo ella, una chica cuya presencia y magnetismo producían  fascinación, atraía la atención y el interés de los demás, más allá de la apariencia física, por su empatía y liderazgo, brillante como estudiante. Seguía siendo una buena hija, a la que los padres, aunque preocupados por su bienestar y seguridad, respetaban en sus decisiones. Miguel, en el instituto, entró y salió sin grandes transformaciones. Era un buen chico, un “invisible”, una de esas personas cuya ausencia apenas se percibe. Se sentía huérfano sin su prima, debido al inevitable distanciamiento, que Araceli procuraba atenuar con su cariño. Se sentía perdido y solo, hasta que encontró a quien sería su nuevo lazarillo: el cura, profesor de religión, a quien enseguida siguió con los ojos cerrados, confiando plenamente en que guiaría su camino de forma segura. Su obediencia, resignación y supuesta santidad fueron en aumento hasta el final. 

Araceli y Miguel encontraban pocas ocasiones para verse o para hacer planes juntos, tenían vidas cada vez más diferentes. Sí coincidían en los encuentros familiares con motivo de celebraciones importantes.  En la última navidad que pasaron juntos, antes de salir del instituto, se reunieron las dos familias en la hacienda para pasar la nochebuena. Estaban todos, menos la abuela, que no era partidaria de celebraciones. Ella era muy querida por todos a pesar de sus particularidades: muy independiente, le gustaba vivir sola en una loma a cierta distancia de la hacienda. Les dijo: yo os acompaño con el corazón, ya lo sabéis, pero no estoy para emociones tan fuertes. Quisieron que compartiera, al menos la cena navideña, que había que llevarle a su cortijillo, como ella lo llamaba. 

—Araceli, ¿le llevas la cena a abuela? —le dijo a nuestra caperucita su madre. Miguel se ofreció a acompañarla con mucho gusto, según dijo. Antes de emprender el camino le preguntó:  

—¿Por dónde vamos? 

—Yo voy siempre por el mismo, el de la derecha – contestó ella.  

Miguel prefería un atajo, que, según comentó, él conocía, y le propuso: 

—Podemos ir cada uno por su camino, tú el de la derecha y yo, por mi atajo, a ver quién llega antes.  

Llegó bastante antes Miguel, que seguramente había ido corriendo. Antes de que llegara su prima, le habló a la abuela de ella, le dio sus opiniones, añadiendo mentiras y calumnias. Le dijo que se había vuelto inmoral, comunista, que vestía de forma indecente, que a él le ignoraba, que era una vergüenza para la familia... Y que hablaba fatal de ella, su abuela, decía que estaba loca, que no la quería… 

Cuando llegó Araceli, percibió un ambiente extraño y dijo:  

—¿Qué pasa? ¿Por qué me miráis así? ¿Qué habéis estado hablando? ¿Por qué te retiras y no quieres que te de un beso, abuela?  

La abuela, entre lágrimas, le contó lo que le había dicho Miguel. Ella que tanto la quería iba a morir, no podría vivir con la decepción que su nieta le había causado, dijo su abuela. Araceli, que iba con la intención de contarle muchas cosas a su abuela, esperando una de esas reconfortantes charlas de las dos, había llevado fotos y vídeos, para que viera, en imágenes, algo de lo que hacía en la ciudad, a qué se dedicaba. Consiguió, con dificultad en un primer momento, que le prestara atención y le pudo mostrar fotografías, vídeos y una entrevista que le hicieron en un programa de la TV municipal, como representante y líder de los estudiantes del pueblo. En la entrevista hablaba de su familia y de su abuela a la que — decía— admiraba y quería muchísimo. “Mi abuela es una referencia de vida importante y un modelo a seguir para mí” —decía en la entrevista. 

La abuela se secó las lágrimas y le dio un gran abrazo. 

Miguel, callado, en el margen en el que se había colocado, estaba cabizbajo, avergonzado. Su mutismo le delató.   

Araceli dirigiéndose a él le dijo: —te perdono, Miguel y seguiré queriéndote. Sé lo que has sufrido porque yo, involuntaria, inevitablemente, te he causado un sentimiento de pérdida, de mi pérdida. Por mi parte no es así, siempre te he querido y te sigo queriendo. Tenemos que construir puentes que abran camino hacia la reconstrucción de nuestro cariño y amistad. 

La abuela solo dijo: queridos nietos, el viento ya ha borrado algunas de las palabras pronunciadas esta tarde. Quedémonos con la alegría de estar juntos un año más y disfrutemos de la Navidad. 


Comentarios

Entradas populares de este blog

El Chambao // Ángeles Garciolo

Si aparece el miedo... // María

Blancanieves Lidia Gómez