El loco que domesticó las dunas / Donata
Imagen: Pexels en Pixabay
Carlos Idaho Gesell, nació en 1891, en Buenos Aires, en el seno de una familia alemana. Desde pequeño mostró su inclinación por las ciencias y adoraba dejar volar su imaginación para soñar con cosas inexistentes. Él quería ser inventor. Siendo muy pequeño su familia regresó a Alemania donde completó sus estudios secundarios. Luego se transformó en autodidacta, viajero y explorador. En Estados Unidos, conoció a su primera esposa, con quien tuvo 6 hijos. Claro que, con esa numerosa prole, las cosas no pintaban bien. Nunca lograban llegar a fin de mes. Su familia paterna, que había regresado a Buenos Aires, donde su padre junto con un otros dos hijos habían logrado imponer una prestigiosa casa de rodados y artículos para niños. Su padre un poco fastidiado por las constantes remesas de dinero que le mandaba al prolífico hijo le ordenó que regresara a la Argentina y se pusiera a trabajar en la empresa familiar la “Antigua Casa Gesell”.
Carlos, su esposa y 6 niños se instalaron en un barrio en los suburbios de la ciudad. Pronto su inquieto espíritu de inventor aportó grandes mejorías a los rodados para bebés y niños. La marca” Gesell” se convirtió en un sinónimo de calidad.
Pero Carlos no estaba contento. Soñaba con un desafío imposible de abarcar. Deseaba trascender en alguna estrafalaria aventura, una epopeya… algo muy distinto, que ni el mismo lograba descifrar y mucho menos explicar.
Un verano, llevó a su familia a la costa atlántica. Era un lugar insignificante, inhóspito y precario. Armaron la carpa donde dormirían sus niños y en la otra el matrimonio. El viento azotaba y la arena se les incrustaba en la piel, como una enorme lija que les esmerilaba sus rostros. El aire de mar les abría los pulmones y el apetito. Corrían por las dunas. Rodaban por sus laderas y luego se daban chapuzones en las frías aguas de ese mar abierto, con olas envolventes que los hacia subir hasta las nubes y luego los arrojaba hacia la orilla donde la ola empujaba cientos de almejas que velozmente se escondían en la arena húmeda. Las gaviotas emitían sus graznidos volando en círculos. Y a veces pasaban en fila india los delfines rumbo hacia el sur, hacia la Patagonia. Parecían un grupo de acróbatas que saltaban por el aire y volvían a sumergirse en perfecto orden. Esa soledad, el aire puro, el mar, de a ratos calmo y por otros momentos encrespado, desprendía ese olor imposible de describir: fresco, salado y húmedo. Por la noche, la constelación de la Cruz del Sur brillaba tan intensamente que parecía una gigantesca brújula. Una noche oscura, sin luna, entendió cuál era su destino: las estrellas le hablaron. Había encontrado su lugar.
Decidió comprar esa lonja de medanales frente al océano. Unos 20 km a lo largo de la dorada playa y solamente unos 5 km hacia tierra adentro. Su mujer, creyó que había enloquecido. No logró soportar una aventura más. Poco después le pidió el divorcio.
Ya libre de hijos y esposa puso manos a la obra, darle forma al sueño que sólo él acariciaba: fundar una nueva ciudad balnearia a 400 km de la gran capital. Pronto, otra mujer, (siempre hay una mujer) entendió a este loco, muy argentino, con su mate en mano, pero que conservaba un fuerte acento alemán. Ojos celestes color mar y una barba dorada, muchos decían, que era muy parecido al autor de “El viejo y el mar”.
Emilia y Carlos sellaron su amor y juntos enfrentaron la gran aventura. Primero, había que llegar a ese lugar, que aún no tenía nombre. Los últimos 45 km para acceder a la “tranquera” de la propiedad, la nada misma, era un inhóspito camino de tierra, que cuando llovía se convertía en un mar de barro. El segundo problema que se les planteaba, más difícil aún, era como fijar las movedizas dunas que bailaban de un lugar a otro al compás de los fuertes vientos que azotaban la solitaria playa. Para entonces, los gauchos que habían contratado le decían Don Carlos. Con su inquebrantable fe en sí mismo plantó miles de plantines de pinos que según sus investigaciones botánicas prenderían muy bien en la arena. No tomó en cuenta, que el invierno al lado del océano es muy crudo. Una noche, con la luna llena, cayó una helada que diezmó prácticamente toda la plantación. Estaba arruinado. Emilia, tan terca como emprendedora se fue a Buenos Aires y consiguió un crédito bancario. Compró cientos de pinos y otras plantas de arena como los tamariscos. Esta vez, gracias a la inventiva de Don Carlos, envolvieron cada plantín en “Ruberoi” especie de membraba asfáltica. Como si fuera un envoltorio que protegería al pinito del frío, mantendría la humedad en las raíces y era lo suficientemente blando como para que al crecer, la raíz podría “emerger” de su “cascaron” fijando así las arenas danzantes.
Corría el año 1957 y las dunas apenas comenzaban a fijarse cuando , mi padre y un amigo también italiano, le compararon a Don Carlos un terreno donde construyeron los primeros diez departamentos para alquilar en el verano en Villa Gesell. El grupo de casitas se llamó, obviamente, “Los Pinos”.
Allí crecí entre los médanos y el mar. Entre inmigrantes italianos, españoles y alemanes. Cuenta la leyenda que algunos eran jerarcas nazis refugiados en esa Villa junto al mar. Que alguna vez un submarino alemán emergió entre las olas y bajaron oscuros personajes munidos de cajas que contenían mucho dinero y objetos de arte robado a los judíos que el nazismo diezmó. En esa franja de arena, fui a una pequeña escuela rural, donde las maestras llegaban siempre que no lloviera. Aprendí a tocar el piano, estudié inglés con una profesora alemana, refugiada de algún pasado tenebroso. Se llamaba Madam Susan Von Baibus. Recuerdo que la mitad de su cara estaba desfigurada por las quemaduras provocadas por quedar bajo los restos incendiados de su casa en Berlín.
Esa Villa entre las dunas y el mar, marcó mi niñez, despertó mi pasión por la lectura y el cine.
Hoy, en esta plácida etapa de mi vida, habito en un pequeño pueblo junto al mar, el Mediterráneo. Cuando todos los turistas y la vorágine del verano se aplaca y solo quedamos un puñado de habitantes estables, me trae la reminiscencia de aquella lejana infancia con olor a pinos , salitre y los pies hundidos en la arena.
En La Herradura, como en aquella lejana Villa Gesell, los vecinos que se conocen entre sí comparten tantas vivencias.bComerciantes que ya son como amigos, bares donde las reuniones se alargan entre risas y cuentos, como una prolongación de nuestras casas.
La Herradura es un preciado regalo que me ha dado la vida. Que me arropa cada noche, como lo hacían mis padres cuando me acostaban entre las sábanas que, de tan frías, parecían húmedas, porque la calefacción era escasa y las comodidades de la vida urbana eran imposibles. Leía mis libros: "Corazón", fue el primero, en italiano, la lengua que se hablaba en mi casa. Luego, "Mujercitas", "El país de las sombras largas" y tantos más.
Y por fin, antes de dormirme, soñaba con algún galán de la última película que había visto el domingo por la tarde, en el único cine del pueblo: el Atlantic.
Pero eso será motivo de otra crónica.

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