El sonido de unos pasos // Juana

 

                               imágenes generadas con IA Gemini





EL SONIDO DE UNOS PASOS

autora: Juana


Maximina llevaba ya meses casada. Ella y su esposo vivían en una sencilla pero amplia casa en un barrio obrero, recién inaugurado no hacía más de un año por el presidente de su país. Nolberto, su esposo, trabajaba de obrero en una famosa fábrica textil por lo que salía muy temprano por la mañana y ya no regresaba hasta ya entrada la noche.


La casa no tenía aún muchos muebles. La sala contaba con unos muebles de pata de garra clásicos, una mesa de centro y un espejo justo al frente de la puerta de entrada. Al lado izquierdo de la pared había un hermoso y gran cuadro del Corazón de Jesús con un marco de caoba. Luego venía el comedor con una mesa rectangular y seis sillas, un aparador y una vitrina todo en caoba también. Como complemento había una máquina Singer de coser que Maximina acaba de comprar para ir cosiendo y decorando la casa. Luego venía una cocina pequeña con un patio que aportaba luz a esa zona, el baño y, finalmente, dos dormitorios también amueblados sencillamente. Lo que más le llamó la atención cuando recibieron la casa fue el suelo. Todo el suelo era de madera desde la entrada hasta los dormitorios.


Como pasaba el día sola, por las tardes decidió empezar a coser cosas sencillas como cortinas o manteles. Colocó la máquina de coser mirando hacia el salón pues entraba mucha luz por la ventana que daba al patio de entrada. Encima del aparador colocó una fuente con una jarra con agua y vasos como era la costumbre. No se sabe si porque era nuevo el suelo de madera solía sonar cada vez que movía algún mueble o caminabas por él.


El primer día que empezó su tarea después marcar, cortar e hilvanar las cortinas comenzó a coser: runrunrun…clicclicclicclic… se escuchaba el sonido del golpeteo de la máquina de coser… runrunrun…clicclicclic…. De pronto: topplat…topplat…topplat… Ella paró. Prestó atención. Esperó. Nada. Siguió cosiendo runrunrun…cliclicclic… de nuevo el sonido de la máquina…. Entre el sonido escuchó de nuevo topplat…topplat...topplat… en el suelo de madera. Paró. Giró el cuerpo. No había nadie. Obvio estaba sola en casa. Miró alrededor del comedor. Nada. Será idea mía, pensó. Y siguió cosiendo. Esta vez no escuchó nada entre sonido y sonido del traquetear de la máquina de coser. 


Así pasaron unos tres días. Ella le restó importancia al extraño ruido que escuchaba al coser, pero al cuarto día después de comer y descansar un poco e iniciar su tarea en medio del traqueteo de la maquina empezó de nuevo el topplat…topplat…topplat..topplat…. el sonido se detuvo y a continuación escuchó el sonido del agua de la jarra cayendo dentro de un vaso. Se quedó  paralizada. No sabía si girar o no. Tomó aire, se levantó de golpe y giró. No había nadie en la habitación. Todo estaba en su lugar. Dejó sus labores por ese día.


Al día siguiente pasó lo mismo, hasta que al sexto día, al oír el sonido de esos pasos y el agua caer dentro de un vaso, se levantó de golpe, giró y gritó :

¡Carajo, mierda!

¡Deja ya de venir! ¡Mierda!

¡Vete de esta casa!


Así gritó varias veces.


Al llegar su esposo, por fin, le contó lo que había estado escuchando esos días. Él recomendó traer a un chamán para que ahuyente a los malos espíritus. Ella, ferviente cristiana, prefirió buscar al padrecito de la iglesia y el domingo después de la misa, le explicó lo que escuchaba en la casa. Ese día, por la tarde, el padrecito fue a bendecir cada habitación de la casa y rezar por las ánimas en pena. Luego, les contó que ese barrio nuevo había sido hasta el siglo pasado un cementerio. Desde entonces ella colocó en su altar junto con sus santos y vírgenes, una imagen con las ánimas del purgatorio y rezaba por ellas todas las semanas. No volvió a escuchar los pasos.












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