Cumplía 50 años // María






El aniversario de mi nacimiento, 50 años atrás, a las 12:30 horas de un mes de Diciembre del invierno astronómico español, me había alcanzado, esta vez, en pleno ecuador de la costa oeste africana. Empezaba la estación seca, pero era un día húmedo, caluroso, de sol radiante e implacable.

Estaba intentando cruzar el río Webe, o al menos, creo recordar que así se llamaba. Era un afluente que transcurría rápido, marrón y caudaloso hacia su desembocadura, el estuario del Muni. Tenía que llegar al Hospital lo más rápido posible. Sabía que los bloques de hielo del interior de la vieja nevera portátil que contenía mi cargamento de vacunas; y que tanto me habían costado conseguir; se derretían a mucha velocidad e inexorablemente. Imaginaba como, dentro de la deteriorada nevera, el hielo se iba convirtiendo poco a poco en agua, cada vez más cálida, lentamente, pero sin pausa.

Junto con los anteriores acontecimientos del día, esa sola idea me provocaba muchísima ansiedad. “Vaya un día para celebrar mi cumpleaños”, recuerdo que pensé.  Me sentía muy desalentada.

La lluvia había sido implacable en las últimas semanas de Noviembre, la ruta desde Bata, la capital del continente guineano, hasta Kogo, nuestro destino final, estaba prácticamente infranqueable en algunos tramos. Eso nos obligaba, a Pierre, mi escuálido chofer camerunés, y a mí, a bajar del jeep y desatascarlo cuando se quedaba testarudamente clavado en el fango, o a empujarlo con fuerza…mis pocas fuerza y las  suyas. Y hacerlo además, cubiertos hasta la cintura de un barro que se secaba tan rápido al sol, que convertía nuestra ropa ligera y clara en una rígida armadura de cobre.

Después de cuatro largas horas de viaje en el destartalado Land Rover, habíamos conseguido llegar a la ribera norte del río. Allí teníamos que embarcar en el transbordador que nos iba a cruzar al otro lado, para seguir luego, de nuevo por carretera, hasta el Hospital. 

Le llamaba transbordador pero en realidad era una embarcación plana, una plataforma, confeccionada con grandes troncos de árbol atados en fila. Me parecía que se mantenían unidos gracias a ramas o enormes enredaderas. No usaban cuerdas. Era una tecnología arbórea que yo imaginaba habían heredado de sus ancestros, los bantús centroafricanos, que desde tiempo inmemorial, tal vez más de 1.500 años, se habían situado en la costa atlántica guineana.

Allí, en la orilla, estaban sus herederos, vigorosos, sonrientes, con los torsos al sol...niños jugando, adultos bailando, otros hablando en corros, algunos comiendo… una música estruendosa  lo envolvía todo. Era la escena de personas felices, una fiesta. Sin embargo recuerdo pensar, muy desalentada: “hemos llegado en muy mal momento”.

No había nadie cerca del transbordador, allí, aparcado. Parecía haber finiquitado sus viajes del día.

“Pierre, acércate y pregúntales que están celebrando”, le sugerí al chofer.  

Pierre no era ndowe, como los habitantes de la costa. Pertenecía a otra etnia bantú, los fang, instalada, también desde tiempos ancestrales, en el interior del continente. A pesar de que conocía la existencia de una atávica enemistad entre ambas etnias, las diferencias culturales, lengua y hábitos; con el paso del tiempo parecía haber establecido unas normas relativamente estables de convivencia y tolerancia mutuas. 

Recuerdo que pensé: “mejor será que se acerque él, que, aunque extranjero, es africano y despertará menos expectación, que si lo hago yo”. Una mujer blanca.  A pesar del barro que me cubría, sabía por experiencia que, a veces, mi sola presencia podía hacer llorar a los niños.

La afabilidad y hospitalidad de los habitantes de la costa es bien conocida. Pierre se acercó al señor que parecía más anciano, lo saludó, diría que ceremonialmente; habló y me señaló; bajé la cabeza en señal de respeto. 

Pierre hablaba despacio pero gesticulaba bastante. Durante ese tiempo, mi tiempo interior se paró. No quería permitir que me dominara el pánico. Tampoco la desesperanza o la visión del hielo fundido. Ni siquiera la imagen de todas esas vacunas que debería descartar, perder, si llegaban sin frío.  Como contraste, recuerdo que sudaba. Toda yo, desde la cabeza hasta los pies. Los niños me miraban…poco a poco se fueron acercando y empezaron a rodearme, con esa curiosidad que tanto les caracteriza.  Aunque lo intenté, me resultaba difícil sonreírles.  “Les parecemos extraños, pensé, porque los blancos no sonreímos lo suficiente. Así que lo hice...sonreír. Una niña muy pequeñita, casi diminuta, con trenzas adornadas con lazos de colores, me cogió de la mano.

Pierre se acercó. El jefe permitía que la embarcación nos transportara a la otra orilla. No sé exactamente que le contó al anciano. Pero tal vez fue mi imagen: mujer, mayor, bastante sucia por el barro, con aspecto de estar algo perdida, triste o desesperada…No sé… Pero dio la orden e inmediatamente tres hombres fornidos se dirigieron a la rampa del transbordador.  Pierre subió al coche. Yo saludé y agradecí de nuevo, bajando la cabeza en un movimiento en círculo a las personas que rodeaban al anciano. Mientras nos alejábamos de la orilla, saludaba con la mano a los niños que gritaban y agitaban sus manos saludándome y despidiéndome a su vez.

Cuando llegamos a la otra orilla le pregunté a mi esforzado y gran compañero de trabajo y fatigas… Pierre ¿qué estaban festejando? … “Era un funeral, me dijo. Una ceremonia para celebrar la vida”.

 

 

 

 

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