Pescando en La Herradura, año 1500 // Juanjo Jimeno

 







 

Manu bajó del Cerval a pescar a la playa de La Herradura como hacía muchos días y, como también había hecho su padre toda su vida, aunque antes no era tan peligroso.

Pasada la bóveda se paró a ver la mar, soplaba levantillo con un poco de oleaje.

Aunque sabía que con levante se tenía que pescar en la Punta de la Mona, se acordó de la cherna que se le había escapado la semana anterior con poniente en la piedra de Calaíza y decidió ir hacia Cerro Gordo, al fin nunca le había pasado nada y la cherna pesaría más de una arroba y merecía la pena volver a intentarlo.

Estaba amaneciendo y ya tenía echado el chambel de fondo con una lisa recién cogida, cuando sintió el primer requiebro del cordel en su mano, se dio una vuelta del chambel sobre los hombros y lo sujetó firme con la otra mano. El levante se estaba metiendo fuerte y las olas le salpicaban la cara, aunque con el solecillo que empezaba a despuntar se estaba muy a gusto.

No había vuelto sentir ninguna picada pero él sabía que eso podía ser buena señal, cuando el pescao grande estaba cerca de la carnada ahuyentaba a los más pequeños y el grande daba vueltas hasta que se convencía de que no había engaño y podía comer.

Desde su piedra veía la Playa desierta de La Herradura y la Punta de la Mona, detrás tenía la montaña de Cerro Gordo pero no podía ver la torre vigía, si le viera su padre pescar ahí seguro que le reñiría.

-¡Ahora!

El chambel dio un fuerte tirón. Manu recolocó la cuerda sobre sus hombros y la afianzó con las dos manos esperando que el pescao se enganchara.

-¡Ya es mío!

Sintió que la cuerda se tensaba y dio un tirón.

- ¡Ahora sí estaba bien pillado!

Manteniendo siempre la tensión del chambel, dejó que se llevara unas brazas de cuerda.

- ¡Era grande!

A lo mejor era el mismo de la semana pasada. Ya estaba viendo la cara de alegría de su madre cuando llegara esa tarde a la cabaña con alimento para muchos días, cambiarían parte por legumbres y carne, y quizá hasta podrían conseguir cuero para hacerle las primeras sandalias a su hermano pequeño. Habría alegría en la familia por lo menos 20 días.

Llevaba ya más de dos horas peleando con la cherna cuando oyó unos gritos:

¡Allahu Akbar! ¡Allahu Akbar! Y de repente vio delante de él un barco con la bandera de la media luna y unos hombres que tirándose al mar se dirigían hacia él, eran piratas berberiscos.

No le dio tiempo a quitarse el gorro cristiano y ponerse la kufiya que siempre llevaba y empezó a gritar ¡Me llamo Mohamed!, ¡Mi nombre es mohamed y soy árabe! Como le había enseñado su padre que tenía que hacer en esa tierra que no era ya árabe pero tampoco cristiana y en la que los pobres tenían que huir de los dos bandos y mentir para no ser castigados por unos y por otros.

Todavía se resistía a soltar el chambel cuando sintió un fuerte golpe en la cabeza. Cuando recobró el conocimiento estaba en la bodega de un barco con otros tantos desgraciados que como él habían sido capturados en ese viaje.

Empezó a gritar con todas sus fuerzas:

- ¡Me llamo Mohamed!, ¡Mi nombre es mohamed y soy árabe!

-¡Y yo! Yo también me llamó Mohamed!.

Contestaban los demás prisioneros entre carcajadas y llantos.

Con el viento de levante y pescando en Calaiza no había visto el humo que salía desde hacía dos horas de la torre vigía de Cerro Gordo, avisando del barco berberisco. Si hubiera estado pescando en la Punta de la Mona, como le había dicho su padre, habría visto el humo y como el viento lo llevaba hacia Cantarriján, y le hubiera dado tiempo a escapar a esconderse a las montañas como otras veces.

Ahora estaba subido en un pedestal, desnudo, junto con el resto de prisioneros que había venido en el mismo barco. Les habían lavado y dado de comer bien los cuatro días anteriores y su aspecto, aunque asustado, era inmejorable.

Junta a él estaba una joven morena bellísima. Él nunca había visto a ninguna mujer así y sintió una inoportuna erección. Desde abajo gente vestida con sedas y joyas lo observaban con interés, era el mercado de esclavos de Argel, uno de los mejores de oriente para adquirir buen género.

Entre el numeroso público, una mujer miraba con especial interés, más a su miembro, que otra cosa y levantaba la mano pujando por él, también pujaba un hombrecillo gordo y con muchos collares, rodeado de tres jóvenes que le daban abrazos y se reían con él. Seguramente los dos estaba imaginando que iban a hacer con su nueva adquisición.

Manu o Mohamed, ya decidiría que nombre emplear, por su parte, pensaba que si se lo llevaba la mujer su marido lo castraría antes de dárselo y si se lo llevaba el hombrecillo prefería no imaginar que haría con él.

Bueno, en cualquiera de los casos esperaba que algún día se cansaran de él, o que alguna organización cristiana pagara su rescate y poder volver a su querida Herradura a pescar la cherna que se le había escapado.

Esta vez no se le iba a escapar.

 



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