Nunca digas nunca // Donata Chesi

 


                                                      atardecer en La Herradura



Nunca digas nunca. ¡Cuánta razón tiene esa frase! Yo, la que siempre dije que jamás me alejaría de mi tierra. Que nunca sería una inmigrante como lo fueron mis padres, quienes sufrieron eternamente la añoranza de su Patria, las comidas, los olores, hasta el sentido del humor. Por qué hasta eso es distinto: el chiste, la broma, los dichos. Todo se parece, pero es distinto y el inmigrante se siente ajeno al resto de los que lo circundan. Todo bien, pero no pertenecerás nunca a ese nuevo lugar.

Todo eso lo sabía , lo conocía perfectamente , pero un día , de aquellos días que rompes con todo y das un giro copernicano en tu vida. Ese día llegó cuando nuestros hijos nos dijeron “nos vamos” y cada uno eligió su propio destino. Uno hacia los Estados Unidos, el otro a España.Y allí nos quedamos, mi marido y yo. Una sensación de enorme vacío nos envolvió. Fue como que la familia que habíamos construido con tanto anhelo y esfuerzo se escapaba como agua entre los dedos.  Lo cotidiano, el beso rápido, el tapper con la comida favorita, la fugaz visita, todo se desdibujaba, como cuando la lluvia borronea una acuarela.


No lo dudamos, con siete décadas felizmente vividas en nuestro suelo, profesiones exitosas , amigos , nuestra historia consolidada, así,  como en la archi famosa escena de Thelma y Louise , cerramos los ojos y decidimos pegar el gran salto. Elegimos España. No tardamos nada en adaptarnos a esta nueva vida. De a poco fuimos encontrando nuestro lugar en el mundo. Un mundo nuevo, con desafíos, aprendizaje de todo tipo. Cómo abrir una cuenta bancaria, dónde pedir una cita médica, qué pedir en un restaurante y lo más gracioso: un nuevo idioma. El español de los españoles, y encima como nos instalamos en Andalucía , el andaluz ( mejor dicho el andalú )


Todo nos sorprendía. ¡Mirá! Qué duraznos fabulosos, le dije a la mujer de la verdulería, (frutería en español), melocotones, me respondió ella. También me voy a Yevar unos alcauciles, y ella me respondió: “
¿ eso que ehhh?  ¡Ah!, alcachofas”. Tuve que aprender que sudadera , es el buzo , las medias , calcetines , la pollera es la falda , y saco la americana . Para que decir que el saquito abierto con botones y el de abajo igual de manga corta, el famoso distinguido “twin set”, esteño, que aquí le dicen la “rebeca”… hasta que me enteré de donde salía semejante denominación . No pude reprimir un “¡Mirá vos”! Ni que hablar de hablar de “tú” , yo sigo con mi “ vos”, caso contrario me siento como una impostora idiomática. Como buena argentina, siempre se me escapa, “ che”!, chau , dale, y otras expresiones tan propias nuestras.

Pero algunas palabras que me provocan más escozor y me hacen ruborizar porque tienen algunas connotaciones eróticas: como por ejemplo, coger. Coge esto o aquello , yo sigo con mi tradicional “Agarrar” De coger, ni hablar.

Un día caminando por una calle de la ciudad de Jaén , vi un cartel en la puerta de un bar que decía “Hoy, concha fina fresca” no pude reprimir una sonrisa picarona. A la flauta , pensé , mirá vos! Si este cartel sale en algún bar de Buenos Aires, el dueño terminaría en “Cana”, traduzco : Preso.


Por último le dedicaré una par de líneas a la más emblemática palabra que nos distingue a los argentinos: la multifuncional y nunca mejor apreciada palabra que aplica para absolutamente todo: Boludo. Puede ser desde una apelación afectuosa al insulto más severo.  Muchas veces hasta reemplaza el nombre de pila. Cuando uno dice: “Che , mirá que sos boludo, eh? Suena entre una admonición y un insulto suave. ¿Puede compararse al musical: ¿“Mira que eres gilipollas”? No, claro que no. Si hasta parece un elogio. Luego hay otras palabrotas que van remontando en la escala de la jerga callejera que no vienen al caso y que curiosamente algunas existen en el léxico español , sobre todo aquella que mencionan a la madre de uno. 
Es insólito, parece que hablamos el mismo idioma, pero hay decenas de palabras que nos recuerdan instantáneamente que venimos de otros lares.
No obstante, a pesar de esta graciosa barrera idiomática, sumado a los engorrosos trámites para estar completamente en regla, seguro que hemos tomado la mejor decisión que podíamos haber tenido. Me lleno de amor cuando los nietos nos visitan o compartimos sus vidas, sin temer a despedidas transoceánicas.


Este cambio de terruño, lejos de entristecernos, es como si nos hubieran dado una nueva inyección de juventud. Me divierte escuchar a mis nuevos amigos con sus acentos y palabras novedosas a mis oídos. A los 70 ya pasados descubrimos que nunca es tarde para enfrentar nuevos desafíos, y vaya que este lo fue. Claro, sigo escuchando Radio argentina, o miro los noticieros porteños. Hoy con la magia de Internet las distancias se acortan, al punto tal que aprietas una tecla y allí aparecen los amigos de la vida que compartieron décadas con nosotros.

Muchos se tientan, y cuando llega la primavera boreal, pegan el salto y en 12 horas están en Barajas, listos para seguir con los diálogos que quedaron en el tintero. Y nuestra amistad reverdece como si el tiempo y la distancia no existiera.
Nunca es tarde para dar un golpe de timón para buscar la felicidad.
Me siento muy dichosa de haberlo hecho. Espero que la vida me siga deparando nuevos desafíos, que en definitiva es lo que nos regala una inagotable fuente de la juventud.

Donata Chesi 



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