Una antigua noche de final de año // Daniel Navas
Vuelve una antigua noche reclamando un lugar
como una pincelada en un vasto lienzo, y eso, solo eso, la justifica.
Aquella noche del último circulo de un año
envejecido, el autobús serpenteaba la penumbra y desdibujaba con su andar la remota frontera italo yugoslava.
A bordo, en la soledad de una sentencia de lo
real con lo imposible, me iba tejiendo en una atmósfera ordenada de laberintos
entre gitanos yugoslavos que celebraban un peldaño más en el tránsito del
tiempo. La ventana a mi derecha
era mi otro yo que jugaba a un paisaje que se iba disolviendo en sombras
líquidas de montañas, valles y pinos que parecían inclinarse en reverencia a la nieve. El asfalto mutilado por un río blancuzco marcaba el incierto camino.
Al interior una invasión de luces contrarias
hacía parpadear los acordes de voces y cánticos que por las risas parecían
invocar historias incomprensibles de jardines o secretos que se niegan al
olvido. Todo fluía en un tiempo suspendido al compás de la radio del chófer. De
pronto la medianoche se cuaja en un silencio de mármol con la voz de bosque y
la gramática indescifrable del gran líder, el Mariscal Tito. Tras su palabra,
una avalancha de campanadas y de jinetes de luz abrieron un cielo sin dueño entre
palmas, besos y abrazos, en los que me vi envuelto.
En el ambiente, un limbo festivo de griteríos
y radio, aderezado con olores y sabores de especias, carnes y panes, junto a la
Sljivovica (1) y el soplo de los cigarrillos, maquillaba la tiniebla envolvente de
rostros, bocas y manos, entrelazándolos en una melodía que desafiaba en el aire
inquieto cualquier oráculo y mito.
Pasada la media noche las horas fueron una celebración
de relojes sin agujas y como un nómada de
insomnio perpetuo, una sensación de eternidad me invadió el cuerpo.
La nieve
cómplice, silenciosa, no dejó de observar desde lo alto, bañando la escena
con una luz plateada de sinfonía cósmica que trasciende la inmortalidad de su andanada.
Así, el alba se hizo mágica en un frío Belgrado que no deja de llevar consigo un microcosmos de memorias fundidas en una pincelada
de recuerdo y olvido en
el vasto lienzo de la existencia.
(1) Sljivovica: Brandy de ciruelas
Nota:
“En algún
lugar de la antigua Yugoslavia
la noche del
31 de diciembre de 1976,
yendo de
Trieste (Italia) a Belgrado.”
Daniel Navas
La Herradura, febrero de 2026
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